29 mayo 2017

'No sé decir adiós': cuando la vida se esfuma entre los dedos

Como el primer gran escaparate anual del cine español, el Festival de Málaga siempre nos ofrece un par de joyas, generalmente óperas primas, a las que seguir la pista hasta la entrega de los Goya. Este año estas son indudablemente Verano 1933, de Carla Simón, y No sé decir adiós, de Lino Escalera. Mientras esperamos a la llegada a las salas de la primera, hablemos de la segunda, un excelente drama que se alzó con el Premio Especial del Jurado (Biznaga de Plata) y una Mención Especial del Jurado de la Crítica al trabajo actoral, así como con reconocimientos individuales a mejor interpretación femenina (Nathalie Poza), mejor actor de reparto (Juan Diego) y mejor guion (Pablo Remón y Lino Escalera), todos ellos enormemente merecidos.

Juan Diego y Nathalie Poza en No sé decir adiós
Los constantes fundidos a negro de No sé decir adiós
nos recuerdan las eternas reaperturas de la vida
La ópera prima de Lino Escalera, un español formado en cine entre Cuba y Nueva York, es un drama sobre la aceptación de la muerte por parte de dos hijas muy diferentes: la siempre malhumorada Carla (Nathalie Poza), hastiada de una existencia vacía en la gran ciudad que trata de llenar con sexo, drogas y otros vicios que sólo acentúan su desgracia, y la bonachona Blanca (Lola Dueñas), cada vez más consciente de que quedarse en el pueblo la ha convertido en una infeliz paleta. Motivos opuestos desembocan así en la misma consternación: la vida se está esfumando entre sus dedos por no haber sido ninguna de las dos capaz de sacarle el máximo partido. Así, pese a que el repentino cáncer del padre (Juan Diego) es lo que desencadena la trama, son realmente las vidas de las dos hijas las que se ganan nuestra preocupación e identificación: para bien y para mal, él ya ha disfrutado de una larga y próspera existencia, ¿pero acaso no están ellas muertas en vida? Por suerte, siempre hay esperanza, aunque quizá más para una que para otra, lo cual sólo depende de su forma de ver las cosas: Carla tiene múltiples posibilidades a su alcance, pero se empeña en ver siempre el lado negativo, echar tierra sobre su propio tejado y destruir cualquier opción de redención, mientras que la más inocente Blanca, aunque atrapada en una existencia pueril, mantiene la ilusión por seguir disfrutando de ella (mientras Carla recuerda con una mezcla de nostalgia y amargura sus pinitos en el ballet, Blanca hace inesperados planes para dedicarse al teatro, una profesión cuyo mayor atractivo es precisamente poder convertirse en otra persona). Al final, tanto ellas como nosotros utilizamos estos debates internos para evitar pensar en la inevitable despedida que alberga el film: aquella para la que uno sólo es capaz de despedirse cuando ya es tarde.


Póster de No sé decir adiós
El cartel de No sé decir adiós deja clara una de sus
principales bazas: su extraordinario reparto
Los protagonistas de No sé decir adiós cuentan con los dos elementos esenciales de todo gran personaje: un guion capaz de fundir la sutileza más elegante con el impacto más carismático (escrito conjuntamente por Escalera y el más versado Pablo Remón) y, claro está, un intérprete a la altura del mismo. Pocas veces han brillado tanto Nathalie Poza, Lola Dueñas y Juan Diego, quienes deben como mínimo optar a los que serían el primer Goya de la primera (poseedora de tres candidaturas fallidas), el tercero de la segunda y el cuarto del tercero. A los pequeños retazos de ingenioso humor del libreto (que, limitándose a exponer las ironías cotidianas del día a día, logra ser más hilarante que muchas comedias de éxito) y al candor de los magníficamente dirigidos intérpretes (que se ganan nuestra empatía aun cuando la ética y la sabiduría brillan por su ausencia) debemos la extraordinaria capacidad del filme para tener cabida para la luminosidad pese al inevitable desgarro desplegado. 

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